Conversar, discutir, callar

Es importante aprender a conversar. Conversar no es discutir. Discutir no es ni malo ni bueno. Discutir es un ejercicio. Conversar es el arte. Pero lo verdaderamente difícil es saber discernir entre conversar, discutir, callar.

Con el tiempo he comprendido que es mucho mejor dejar que la gente diga lo que tenga que decir, aunque resulte tedioso, aburrido y contradictorio. Incluso provocador.

Se gasta más energía entrando en discusiones estériles que no llevan a ningún sitio que pasando de ellas. He aprendido que es mejor leer y escuchar la cantidad de tonterías que se pueden llegar a expresar, y luego reírse de ellas sin que nadie se entere. Eso anima más el alma y el espíritu que ir por la vida tratando de defender posiciones. Aunque del otro lado, tengamos al peor troglodita de la historia.

Estoy preparada para escuchar aún más tonterías porque estoy convencida que el peor argumento y la peor opinión aún no se han dicho.

He aprendido que mientras más se hable desde un arraigo nacionalista que divide el discurso entre nosotros y los otros, más riesgo existe de caer en la trampa de la visión sesgada, altanera y prejuiciosa.

Los prejuicios y las etiquetas ensucian la conversación

Hay tantas etiquetas en el mundo sobre los grupos y las personas de tal o cual lugar o estilo, que de resultar divertido como broma entre iguales, termina siendo paradójicamente ridículo, y hasta peligroso, cuando el poder de etiquetar y por ello de decidir sobre el destino de esos grupos recae en personas resentidas, enfermas o desalmadas.

Igual resulta cada vez que, para intercambiar ideas, las personas necesiten escudarse detrás de un disfraz, un alias, o un grupo de contención o identitario. Es cada vez más difícil poder distinguir y respetar posiciones racionales en un mundo cada vez más irracional.

No pretendo un mundo sin conflictos discursivos. Ojalá la palabra y las conversaciones sean lo último que se pierda o lo único que nos quede.

Después de todo, qué somos sin pensamiento y sin el lenguaje hablado y escrito.

Digo, entonces, que es mejor dejar ir ciertas cosas, al intercambiar ideas entre personas. Dejar expresarse y leer y reír, reír a carcajadas de las cosas que uno lee o escucha. Cada vez que se pueda y cada vez que se deba.

La vida resulta más divertida cuando la gente dice que sí, pero, a veces, resulta muy aburrida cuando no dice nada.

Publicado por

Cintia Oliva

Apasionada de la comunicación estratégica, los viajes, la tecnología 2.0 y la innovación ciudadana. Consultora Internacional. Me especializo en temas de cocreación abierta y metodologías participativas, desarrollo sostenible, políticas públicas y cooperación internacional. Dirijo Appsworking Lab, laboratorio de proyectos de innovación, comunicación y tecnologías para el desarrollo orientado a startups, ong, organizaciones, rse y gobierno. Periodista digital y emprendedora.

1.044 comentarios en «Conversar, discutir, callar»

  1. Cuanta razón! .. yo con el tiempo también aprendí a no perderme en discusiones que no me llevan a ningún sitio .. a identificar a aquel interlocutor con el que vale la pena entablar una conversación .. una discusión y dejar de lado a todos aquellos que hablan por hablar .. que no aportan nada a mi vida .. a estos solo los escucho, porque como bien decís, «el peor argumento y la peor opinión aún no se han dicho.»

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